Aréjula, Castro, Lletget y Colmenares: dueños y médicos de los Baños de Fitero en el siglo XIX
Entre la desamortización y el cambio de siglo, los Baños de Fitero pasaron por un químico liberal que murió en el exilio, sus herederas y un ministro de Corella, mientras los médicos que enviaba el Estado escribían, excavaban y discutían con los propietarios.
Durante siglos, el monasterio de Fitero arrendó sus baños a bañeros que solo le rendían cuentas a él. Dos novedades acabaron con ese mundo en el siglo XIX: los médicos-directores nombrados por el Estado y las subastas de la desamortización. Este reportaje sigue a sus protagonistas, con el estudio de Serafín Olcoz «Los Baños Romanos de Fitero» y las investigaciones de Manuel García Sesma como guías. La historia general del balneario se contó en «Baños de Fitero: historia del balneario termal del río Alhama».
El cuerpo de médicos-directores se creó en 1816, y a Fitero le tocó en la primera oposición Ángel Sanz. No fue bien recibido. En enero de 1818, los Tres Estados del reino de Navarra informaron al virrey de que los baños ya tenían médico y cirujano pagados por el monasterio y la villa, y que la llegada de Sanz solo había servido para quitar a los enfermos los cinco cuartos que él ocupaba.
La primera desamortización que dejó huella fue la del Trienio Liberal. Olcoz reconstruye la venta con el expediente del Archivo General de Navarra: en julio de 1822 se adjudicaron los baños al tudelano Tadeo Barrera por 738.000 reales, pero se suspendió la venta, se repitió la subasta en octubre y los ganó el fiterano Mamerto Medrano por 1.516.000. Medrano declaró que compraba por encargo de Juan Manuel de Aréjula y se los traspasó de inmediato. La web del balneario y García Sesma lo llaman Juan José, y Olcoz explica el cruce de nombres como una confusión que arranca del siglo XIX.
Aréjula era hijo de un cirujano nacido en Fitero en 1713. Se formó en el Colegio de Cirugía de Cádiz y estudió química en París con Fourcroy. Su carácter liberal le costó el exilio en 1823 y murió en Londres el 16 de noviembre de 1830. Todo indica, según Olcoz, que nunca llegó a tomar posesión formal: en agosto de 1823 los monjes volvieron y recuperaron los baños.
Los perdieron del todo con Mendizábal. Una orden de enero de 1837 devolvió lo vendido en el Trienio a quienes lo habían comprado, y la propiedad pasó a las herederas de Aréjula, Juana María Orozco de Uztáriz y la marquesa de Vezmeliana. Olcoz cree que eran sus sobrinas, pero admite que no tiene prueba documental. A ellas atribuye García Sesma los baños de jaspe y la ampliación del edificio. El salón de recreo es de 1843.
Aquellos años fueron malos para los médicos. José Pelleport, nombrado en julio de 1836, llevaba pocas semanas en el puesto cuando la partida carlista de Basilio García asaltó los baños; la prensa de entonces dio cuenta de la muerte del exprocurador Francisco del Rey, que estaba tomando las aguas. Pelleport aún reclamaba su sueldo a finales de 1838, dejó de acudir, y en 1840 el alcalde de Calatayud denunció que llevaba más de tres temporadas sin aparecer. Murió aquel mismo año.
Cirilo Castro Laplana llegó en 1842 buscando una plaza cualquiera, y se quedó hasta su muerte. Obtuvo la de Fitero en propiedad en 1846 y escribió la descripción de los baños que publicó el diccionario de Pascual Madoz. Insistió a los dueños hasta sacarles algunas mejoras. Murió el 5 de agosto de 1856, en plena temporada, aunque algunos autores adelantaron la fecha a 1850.
Mientras tanto había nacido la competencia. El promotor de los Baños Nuevos, abiertos para la temporada de 1847, fue según García Sesma el acaudalado fiterano Manuel Esteban Abadía Atienza, con parientes como Manuel Jerónimo y Nicolás Octavio de Toledo. Olcoz no sabe de dónde sacó García Sesma el dato, pero también ve a Abadía como la figura destacada de la primera sociedad. El manantial brotaba tan alto que los baños quedaron a la altura de un tercer piso.
A los Viejos llegó en 1857 Tomás Lletget Caylá. En 1860 dejó anotada la observación del eclipse de sol del 18 de julio y se quejó de que los dueños tenían abandonado el establecimiento. Excavó en 1861, encontró los primeros restos de los baños romanos y los publicó en la monografía que sacó en Barcelona en 1870. En 1864 el balneario recibió a Francisco de Asís, el rey consorte, para quien la Diputación de Navarra hizo construir un baño de mármol blanco; la estancia le costó a la institución 40.000 reales. En agosto de 1874 se trasladó a Caldas de Montbuy.
Su marcha abrió una pelea administrativa, porque Justo Jiménez de Pedro pretendía dirigir los dos balnearios. Se resolvió separando las plazas, y en junio de 1876 José Genovés se convirtió en el primer titular en propiedad de los Nuevos. No se anduvo con rodeos: en su memoria sostuvo que las aguas de ambos eran iguales y tachó de «supersticiosa y fanática» a la gente que seguía prefiriendo los Viejos. Contó 483 bañistas en la temporada, cuando nueve días de baños costaban 80 reales.
El gran cambio de los Nuevos llegó con Eduardo Alonso Colmenares, político nacido en Corella y vecino de Madrid. Había sido diputado y ministro de Gracia y Justicia y de Fomento, y presidiría el Tribunal Supremo. En 1875 unos enmascarados le robaron cuando tomaba las aguas en el cercano balneario de La Albotea. Un año después tenía un tercio de los Nuevos. Otro era de Nicolás Octavio de Toledo y el último se repartía entre Domingo Huarte y Joaquín Águeda. Colmenares renovó habitaciones y comedores, añadió dos alas hasta la carretera y apoyó el ferrocarril desde Castejón, para el que tres ayuntamientos pidieron ayuda a la Diputación en 1886. Murió el 31 de marzo de 1888. Lo que vino después se cuenta en «Domingo Huarte, Pelairea y Francisco Huarte: las personas detrás de Baños de Fitero desde 1909».
Fuentes
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