El Eco de Fitero

Historia

Fitero en la Guerra de la Independencia: presos, soldados y la plata de la iglesia (1808-1813)

La derrota española en la batalla de Tudela, el 23 de noviembre de 1808, dejó a Fitero bajo ocupación francesa durante casi cinco años. Las actas municipales cuentan cómo vivió la villa aquella guerra: vecinos encarcelados, medio centenar de hombres con Espoz y Mina y unas contribuciones que se pagaron hasta con la plata de la parroquia.

El 23 de noviembre de 1808 las tropas del general Jean Lannes derrotaron en la batalla de Tudela al ejército español reunido en la ciudad y en los pueblos de alrededor. Desde ese día, y hasta el 28 de junio de 1813, Tudela y toda su merindad quedaron bajo control francés. Fitero vivió esos años sin combates en sus calles, pero con presos, soldados caídos lejos de casa y una presión económica que dejó al Ayuntamiento endeudado mucho después de la paz.

Los primeros soldados franceses llegaron a la villa en junio de 1808, poco después de que el general Lefebvre-Desnouettes entrara en Tudela con unos 6.000 hombres el día 8 de ese mes. Según el historiador fiterano Manuel García Sesma, que reconstruyó aquellos años a partir de los libros de actas municipales, el destacamento se llevó a la cárcel de Tudela a nueve vecinos elegidos sin más motivo que ser los primeros con los que se cruzaron, entre ellos León Latorre, Pedro Rupérez y Francisco Zapater. Los liberaron a los ocho días.

Tras la batalla de Tudela, las detenciones se repitieron. José Pueyo, viudo y con tres hijos, fue apresado en Tudela y deportado a Francia como prisionero de guerra durante cinco años. Varios vecinos que llevaban las cuentas del pueblo, como Juan Antonio Medrano y Manuel Santiago Octavio de Toledo, pasaron por la cárcel tudelana en más de una ocasión. Tampoco se libraron dos mujeres, Isabel González e Inés Pérez, encerradas siete meses y veinte días, respectivamente, porque sus hijos combatían en la División Navarra de Francisco Espoz y Mina.

Esos hijos no eran los únicos. Una relación elaborada en 1817 por orden de los Tres Estados del Reino de Navarra recoge que cincuenta fiteranos, dos oficiales y 48 soldados, combatieron en la División Navarra de Espoz y Mina. Murieron el capitán Joaquín Navascués y ocho soldados: José Acarreta, José Duarte, Felipe Díaz, Francisco Ximénez, Celestino Zapater, Andrés Ximénez, Juan Navarro y Bartolomé Blanco, este último hijo de Isabel González. Otro vecino, Manuel Aréjula, resultó herido en una acción en El Carrascal, Florencio Ramos cayó prisionero y Pantaleón Pina quedó inútil.

El peso mayor, sin embargo, fue el económico. Ya el 22 de junio de 1808 el Ayuntamiento dejó escrito que desde Tudela llegaban órdenes casi a diario pidiendo víveres, bagajes y camas para la tropa, y nombró una junta de vecinos para atenderlas; en octubre creó otra de abastos. El cargo de alcalde resultaba tan ingrato que cada año lo ocupó una persona distinta: José Atienza en 1808, Tiburcio Asiain en 1809 y 1812, Juan Antonio Medrano en 1810, Félix Latorre en 1811 y Joaquín Val en 1813. Para pagar las contribuciones, la villa acabó vendiendo a un platero de Tudela buena parte de la plata de la iglesia —cálices, custodias, cruces e incensarios— en 1810 y en 1811. Las cuentas de aquellas ventas que constan en las actas no coinciden entre sí, y García Sesma las describe como un auténtico enredo.

El monasterio cisterciense corrió su propia suerte. Según Turismo Fitero, la desamortización decretada por José I el 18 de agosto de 1809 obligó a los monjes a abandonar Santa María la Real el 16 de octubre de ese año. Sus bienes quedaron incautados y a cargo del Ayuntamiento, aunque los franceses no llegaron a venderlos. Un administrador de «Bienes Nacionales» reclamaba después a los vecinos los censos y rentas que antes pagaban al convento. Los religiosos regresaron tras la guerra, pero no por mucho tiempo: hubo una nueva supresión en el Trienio Liberal y la definitiva llegó en 1835, con la desamortización de Mendizábal.

La salida de los franceses en junio de 1813 no trajo el alivio esperado. En septiembre, el Tercer Ejército español decidió abastecerse en la merindad e instaló en Fitero el hospital de su segunda división, que el pueblo debía mantener. En diciembre, el síndico propuso subastar unos cien robos de prado comunal para costearlo. En 1815 las deudas municipales alcanzaban los 80.000 reales, buena parte por la carne servida a ese hospital; el Real Consejo de Navarra no permitió vender una dehesa para saldarlas y el monasterio se negó a pagar su parte, de modo que la carga recayó solo en los vecinos.

Quien quiera conocer los detalles puede leer el capítulo «Gentes y hechos de armas» del segundo volumen de las «Investigaciones históricas sobre Fitero» de García Sesma, que puede leerse en el blog del autor, y recorrer después el claustro del monasterio, que admite visitas libres y guiadas.

Fuentes

Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas.

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