El Eco de Fitero

Gastronomía

Vino de Fitero: historia de su bodega cooperativa y de las garnachas centenarias

Hace siglos que en Fitero se hace vino, y en 1940 sus agricultores se unieron para levantar una bodega propia. Esta es su historia, desde los pleitos por plantar cepas hasta las viñas viejas que destaca hoy la oficina de turismo.

Con la vendimia ya atrás, noviembre es buen mes para repasar la historia del vino de Fitero. La villa pertenece a la subzona Ribera Baja de la Denominación de Origen Navarra, según la orden ministerial de 1993 que fijó sus municipios. El Consejo Regulador describe una tierra semiárida, con entre 361 y 384 litros de lluvia por metro cuadrado al año en la subzona, donde la vid dispone de 227 días favorables en Fitero y de 255 en Tudela.

El rastro escrito es antiguo. El historiador local Manuel García Sesma recoge las 49 disposiciones que dictó en 1571 el visitador del monasterio, fray Luis Álvarez de Solís. Una de ellas reprendía al portero por su trato a los pobres y mandaba que les diera vino cuando lo quisieran, «pues ay tanto y tan barato».

Plantar viñas no siempre fue sencillo. La escritura de 1665 por la que siete pueblos, Fitero entre ellos, compraron los Montes de Cierzo prohibió poner más viñas y olivos allí, con una pena de 10 ducados por robada. Según García Sesma, los agricultores siguieron plantando y los ganaderos tudelanos impulsaron los pleitos. En 1848, el Consejo Provincial rechazó arrancar lo plantado y fijó a cambio un canon anual.

La disputa dejó hasta una copla. José María Iribarren contó que fiteranos y tudelanos estuvieron a punto de llegar a las manos por una plantación de vid americana. El testigo fiterano Domingo Alfaro dio a García Sesma otra versión: las cepas eran de vecinos de Cintruénigo, los mozos de Fitero acudieron a ayudarlos y los tudelanos no aparecieron. Fechó el suceso el 23 de enero de 1904, en Campolasierpe, y recordó la copla que cantaban de camino: «a rancar americano», con la «estralilla», una pequeña hacha, en la mano.

Aquel vino atraía compradores de fuera. Una lápida en la carretera de Hospinete recordaba a Celestino Córdoba, vecino de Ólvega, muerto el 12 de diciembre de 1921 cuando venía a Fitero con un carro a comprarlo y se desbocó la mula. Los cosecheros ya se habían organizado: en 1912 nació la Sociedad de Cosecheros de Vinos de Fitero, activa hasta 1937, y el poeta Alberto Pelairea celebró en el periódico La Voz de Fitero que vendiera «mucho vino y en condiciones».

Su relevo llegó el 18 de febrero de 1940. Ese día, en la casa de la Picota, un grupo de agricultores constituyó la Bodega Cooperativa de Fitero, más tarde San Raimundo Abad. La presidió Raimundo Bayo Latorre, abuelo de la soprano María Bayo. Se instaló en una antigua fábrica de aceite industrial, acondicionada por el contratista Eusebio Sáenz por 210.000 pesetas, con capacidad prevista para un millón de litros en 50 lagos. Según el blog Fitero 1952, los comienzos fueron artesanales: uva pisada con los pies, trabajo a la luz de las velas y agua sacada del Alhama. La inauguración oficial se celebró el 15 de marzo de 1946, con misa, comida abierta y banda de música.

Un año la uva no cabía en la bodega y el encargado, Ángel Melero, propuso pasar el caldo a las instalaciones de Huarte con una manguera de 500 metros y una bomba: fue el famoso vinoducto. Desde 1949 la uva se pagó por grados, no por kilos. El vino típico mezclaba garnacha, que aportaba riqueza alcohólica, y morastel, que le daba color. En 1979 salieron 2.466.690 litros de 13,5 grados, con 193 socios, y entre los clientes mayoristas figuraban Chivite y Torres.

A finales de siglo la cooperativa contaba con 260 socios y tres millones de litros de capacidad. La garnacha suponía el 33 % del viñedo, seguida del tempranillo (29 %), la mazuela (11 %), la viura (9 %) y el graciano (7 %). Casi todo se vendía a granel y solo una pequeña parte se embotellaba como Virrey Palafox. En 2002 llegó el crianza Monasterio de Fitero, con la meta de conservar unos 50.000 litros en 112 barricas de roble y una etiqueta del pintor Jesús López Zulueta. María Bayo visitó la bodega de su abuelo el 29 de agosto de 2004, y hasta esos años llega la crónica publicada.

Hoy, Turismo de Fitero cita entre los vinos del pueblo el Monasterio de Fitero de Bodegas Ontañón y las garnachas centenarias de Viña Zorzal. Este proyecto de los hermanos Xabi, Iñaki y Mikel Sanz, de una familia bodeguera de Corella, nació en 2007 según su importador, y trabaja sus viñas viejas sin regar ni usar pesticidas. Fitero es uno de los pueblos de los que procede su garnacha. La oficina de turismo celebró en 2020 que El Mundo eligiera su Señora de las Alturas como mejor vino de 2019. Para acercarse a esas viñas conviene consultar la agenda de la oficina, que ha programado visitas a los viñedos de Viña Zorzal y charlas como «Císter y vino».

Fuentes

Texto generado con inteligencia artificial a partir de las fuentes citadas.

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